El sistema imperial romano

El sistema elaborado por Octavio Augusto se apoyó en dos elementos básicos:

  • Un sistema de gobierno adaptado a las necesidades del enorme Imperio.

  • Una civilización urbana que recogió la tradición anterior y la utilizó para dar uniformidad a las tierras que bordeaban el Mediterráneo.

Este sistema se mantuvo en pleno apogeo durante dos siglos, el I y el II d.C., y entró en una lenta decadencia en el siglo III para hundirse definitivamente a fines del siglo IV. Analicemos los dos aspectos de esta civilización tal como los hemos enunciado.

1. Creación de un nuevo sistema político

El sistema elaborado por Augusto pretendía gobernar con eficacia todas las tierras del Imperio, evitando los graves defectos del gobierno republicano en el siglo I a.C. Para conseguirlo, el nuevo sistema tuvo estos caracteres:

a) Todo el poder político se concentró en manos del imperator, que era el jefe del ejército dotado del imperium.

b) El nuevo ejército romano fue un cuerpo de voluntarios profesionales bien pagados que servían alrededor de veinte años. Este ejército aseguraba el orden interior del Imperio y la seguridad ante posibles peligros exteriores. Sus componentes eran ciudadanos romanos o habitantes de las provincias a los que el ejército romanizaba.

c) El imperator creó un cuerpo de funcionarios adictos a su persona que le ayudaban en las tareas de gobierno. Estos funcionarios eran escogidos por el emperador que les pagaba bien a cambio de un servicio fiel y eficiente. Una vez ingresados al servicio del emperador, iban ascendiendo en la escala de la administración llegando a formar una verdadera nobleza de funcionarios, dividida en dos grados: los senatoriales y los caballeros.

d) Los viejos organismos de gobierno de la época republicana no fueron abolidos de golpe pero fueron desprovistos de su poder; el Senado fue el que conservó sus prerrogativas por más tiempo, aunque sometido siempre al poder del emperador.

El nuevo Estado creado por Octavio Augusto se ocupaba de asegurar tres servicios a los habitantes del Imperio:

  • La conservación de la paz interior y exterior (gracias a la fuerza de su ejército).

  • La administración de la justicia ejercida por los representantes del emperador o por el mismo emperador en la ciudad de Roma.

  • La construcción y conservación de un conjunto de obras públicas: carreteras, puentes, acueductos...

Para realizar sus funciones, el Estado romano se ocupó del cobro y administración de tributos. La recaudación de impuestos fue realizada por funcionarios imperiales, con lo que se evitaban las rapiñas de los publicani que se había ocupado de ello en la época republicana.

Los ciudadanos romanos que ya no realizaban el servicio militar tenían que pagar un impuesto sobre las herencias, con el que se pagaba una cantidad importante a los soldados que se licenciaban. La misma situación fiscal tenían los habitantes de Italia sometidos al ius italicum. Los habitantes de las provincias estaban sometidos a un sistema más duro: había un impuesto directo territorial (sobre las propiedades) y otro personal (que pagaban todos los ciudadanos). Además existían muchos impuestos indirectos.

2. La civilización romana: las ciudades

El Imperio Romano elaboró a lo largo de los siglos un modelo de civilización: la ciudad. Y un modelo de hombre: el ciudadano. El suyo fue un mundo que giraba en torno a las ciudades y, cuando ellas entraron en decadencia, el Imperio se vino abajo.

Este proceso fue estimulado conscientemente por el Estado Romano que favoreció el crecimiento de las ciudades viejas y la creación de otras nuevas. Esta política actuó de forma distinta en las dos mitades del Imperio: la oriental y la occidental.

En el Oriente Mediterráneo existían ciudades griegas muy antiguas; orgullosas de su civilización, estas ciudades aceptaron, con más o menos resignación, el dominio y la paz impuestas por los romanos, pero consideraron siempre que éstos no podían ofrecerles ningún modelo de civilización: les bastaba con el suyo. Una muestra de esta actitud fue su resistencia desdeñosa a aprender el latín: los romanos tuvieron que entenderse con ellos siempre en griego.

En cambio la reacción del Occidente Mediterráneo fue muy distinta. Se trataba de zonas aún básicamente rurales, excepto el caso de Italia, en las que Roma creó la primera gran red de ciudades, casi siempre organizadas en torno a un grupo de ciudadanos romanos; dentro de estas ciudades los indígenas se integraron adaptándose a una civilización -la de los romanos- que para ellos era superior.

El Estado Romano ofrecía, a todos los habitantes de estas ciudades, el estatuto legal de ciudadanos romanos, que fue negado a las gentes de las áreas rurales hasta el siglo III d.C.

Los habitantes de las ciudades romanas formaban una especie de burguesía integrada por grandes propietarios rurales o ricos comerciantes, gentes que poseían grandes empresas agrícolas, industriales o comerciales, con abundantes esclavos. Junto a estas clases superiores, aparecían gentes de posición económica más baja, pero que aspiraban a "subir con su esfuerzo": eran propietarios rurales medios, gentes de profesiones liberales (médicos, abogados, profesores), o artesanos dueños de un pequeño taller en el que trabajaban algunos esclavos. En las ciudades existía abundante mano de obra formado por esclavos, pero lo más corriente era que sus dueños acabasen dándoles la libertad a cambio de una cierta cantidad de dinero. Este fenómeno, unido a la falta de guerras de conquista, hizo disminuir mucho el contingente de esclavos de que disponía el Imperio a lo largo de los siglos I y II. También solían vivir en las ciudades los soldados licenciados del ejército.

Ninguna de estas ciudades era económicamente autosuficiente: todas necesitaban abastecerse de cereales traídos de regiones bastante alejadas y asimismo compraban y vendían muchos objetos de uso corriente. En realidad tales ciudades constituían los puntos neurálgicos de un sistema de intercambios económicos que relacionaban entre sí a todas las tierras que rodeaban el Mediterráneo. Además existía un importante comercio exterior que relacionaba económicamente al Imperio con el África negra (importación de esclavos, marfil, oro), con el norte de Europa (ámbar, pieles) y con Oriente (seda, piedras preciosas, especias).


En todo el norte de África aparecen las ruinas de lo que fueron florecientes ciudades romanas. Muchas de ellas se encuentran en zonas ocupadas hoy en día por el desierto, como la ciudad de Sabratha, situada en la costa de Libia. Estas ciudades eran normalmente colonias creadas por ciudadanos romanos y toda su vida dependía de los contactos marítimos que establecían con otras regiones del Imperio.


Las ciudades del Imperio Romano tenían una cierta autonomía para organizar sus propios asuntos: orden público, fiestas, cobro de impuestos, obras públicas... El municipio se ocupaba de tales asuntos aunque respetando siempre la suprema autoridad del emperador y de sus representantes. Las autoridades municipales eran unos magistrados elegidos por sus conciudadanos que, durante un año, se ocupaban de administrar los asuntos de la ciudad; estos personajes no cobraban por ejercer sus cargos y, al contrario, era costumbre que gastaran parte de su fortuna en colaborar a los gastos municipales. Los ex-magistrados pasaban a formar parte del Senado de la ciudad y era corriente que el emperador acudiera a reclutar nuevos funcionarios imperiales a estos senados municipales.

Esta civilización urbana era sumamente frágil y empezó a hundirse por una serie de causas de todo tipo -económicas, militares, sociales...- que la fueron debilitando a partir del siglo III d.C.


Al llegar el siglo III d.C. el mundo romano entró en un periodo de crisis del que ya no se iba a recuperar. Este busto del emperador Caracalla (211-217 d.C.) parece reflejar las inquietudes de una época de profunda inestabilidad. Caracalla fue el que, por un decreto del año 212 d.C., extendió el derecho de ciudadanía a todos los habitantes del Imperio; pero esta concesión ya no representaba en esta época ninguna ventaja real, pues era sólo el reconocimiento de que, dentro de un edificio que amenazaba ruina, todos sus moradores debían arrimar el hombro para salvarlo.


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