El Occidente germánico
Las emigraciones de los pueblos germánicos y su asentamiento dentro del Imperio Romano de Occidente representan uno de los hechos fundamentales de la aparición de la Civilización Europea Occidental. En los orígenes de esta civilización, que es la nuestra actual, pueden encontrarse: la pervivencia de la civilización romana, la aportación de los pueblos germanos y el cristianismo.
1. Desaparición y pervivencia del mundo romano
La parte occidental del Imperio Romano, abandonada a sus solas fuerzas, se desintegró ante las emigraciones de los pueblos germánicos (bárbaros). Durante todo el siglo V el Imperio se mostró incapaz de adaptar a los pueblos invasores y acabó perdiendo su estructura política (476).
Pero no desaparecieron tan rápidamente sus formas económicas, sociales y culturales que los pueblos germánicos imitaron voluntaria o involuntariamente, dentro de sus limitadas posibilidades. La pervivencia de la civilización romana, cada vez más degradada, se mantuvo hasta muy tarde. Y cuando lo que llamamos Civilización Europea empiece a surgir, con personalidad propia, el recuerdo, las influencias del desaparecido mundo romano se encontrará en su economía, en sus formas sociales, en la cultura (lenguas romances) y en el mismo arte.
2. Los pueblos germánicos y las emigraciones del siglo V
¿Quiénes eran estos pueblos germánicos? Los romanos les llamaban bárbaros, con el significado de extranjero, porque así llamaban a todas las personas que vivían fuera de las fronteras de su Imperio. Éstos vivían al otro lado del Rhin y del Danubio. Eran ganaderos y practicaban una agricultura de cereales muy primitiva. Emigraban con facilidad cuando a ello les obligaban las frecuentes luchas que entre sí mantenían. Vivían en pequeños poblados, en calveros, rodeados de bosques.
No llegaron a formar ningún estado políticamente organizado. Decidían sus problemas de forma democrática en asambleas generales, en noches de plenilunio, donde cada guerrero tenía un voto; y sólo escogían a un jefe, que podía llegar a ser rey si alcanzaba fama, en los casos de guerra. Su única ley era la costumbre (derecho consuetudinario). Sólo las tribus que vivían junto a la frontera del Imperio Romano, conocían la moneda y tenían alguna influencia de la cultura romana. Así, los visigodos fueron evangelizados por sacerdotes cristiano-arrianos cuando vivían en la Dacia, al otro lado del Danubio.
La mayoría de estos pueblos germánicos tenían una cultura muy pobre y eran politeístas. Sus dioses eran fuerzas de la naturaleza; sus santuarios se encontraban en el fondo de los bosques. Su paraíso, la Walhalla, era el dominio del dios Wotan, a donde iban los guerreros muertos en combate.
3. Los nuevos reinos germánicos y sus problemas
Superado el limes (fortificaciones fronterizas del Imperio Romano, principalmente a lo largo de los ríos Rhin y Danubio), estos pueblos germánicos se desparramaron por el Imperio Romano de Occidente y lentamente se fueron asentando y dominando amplias zonas. A fines del siglo V los grupos más importantes eran:
Los visigodos, que ocupaban Hispania y el sur de la Galia.
Los ostrogodos, que habían invadido entonces Italia.
Los francos, que iniciaban su expansión por el norte de la Galia.
Otros grupos menores eran los vándalos, en el norte de África, los anglos y los sajones en Bretaña, los burgundios, en el valle del Ródano o los suevos en el noroeste de Hispania.
El primer problema que se vieron obligados a resolver estos pueblos germánicos fue el de establecer una organización política. Antes de la emigración, sus estructuras políticas, muy sencillas, eran suficientes. Pero ahora ocupaban zonas más amplias y dominaban permanentemente a los habitantes del desaparecido Imperio Romano; necesitaban alguna forma de gobierno estable y estructurada. Acabaron organizando monarquías, que en su origen fueron electivas, o sea, que cuando moría un rey, la asamblea general o los notables elegían su sucesor que no tenía forzosamente que ser su hijo, ni siquiera de su familia. Era un recuerdo de la antigua democracia de las asambleas de guerreros que escogían a sus jefes en los momentos difíciles. Pero más tarde se hicieron hereditarias: cuando un rey moría dejaba el reino a su hijo o hijos. Si eran varios podía repartirles el reino que consideraba como una propiedad particular.
Los jefes germanos se vieron obligados a organizar sus reinos. El único modelo posible que tenían ante sus ojos era el del Imperio Romano que acababan de destruir. A su imitación crearon códigos de leyes y se rodearon de un reducido cuerpo de funcionarios y consejeros que, como el ostrogodo Teodorico el Grande, tuvieron que buscar entre los súbditos romanos más cultos y más expertos en organización. Su principal fuerza, sin embargo, estaba en el ejército, que formaban de un modo casi exclusivo los súbditos germanos.
Por otra parte se les presentaron graves problemas de convivencia o de adaptación con los habitantes del Imperio Romano. Les separaban el idioma, la religión, las leyes y la cultura en general. Y como eran muy pocos en proporción, el dilema que acabó planteándoseles fue el de fusionarse con los pueblos dominadas (romanistas) o mantenerse aparte y formar un solo pueblo como minoría militar dominante (nacionalistas). Las dos soluciones resultaron difíciles. Ostrogodos y vándalos, que mantuvieron un espíritu nacionalista, que les hizo impopulares entre los habitantes romanos, acabaron vencidos por los bizantinos en tiempos de Justiniano (siglo VI). Los visigodos, que terminaron aceptando la vía romanista, fueron vencidos por los musulmanes (siglo VIII) y tampoco sobrevivieron a la derrota.



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