La civilización islámica: un gran imperio desde España al Indo

Después de la muerte de Mahoma, en unos veinte años y tras dos o tres grandes combates, los árabes conquistaron las provincias más pobladas y ricas del Imperio Bizantino (Siria, Egipto, Palestina) y destruyeron el Imperio Persa Sasánida, ocupando Mesopotamia. La conversión al Islam de la mayoría de sirios, egipcios y persas, les permitió contar con recursos, hombres y dinero, para continuar sus conquistas de un modo rapidísimo. Hacia el oeste, en una carrera fantástica, alcanzaron, por el norte de África, el Estrecho de Gibraltar y, tras vencer a los visigodos, siguieron su ímpetu más allá de los Pirineos, donde los francos lograron deternerlos con grandes dificultades (Poitiers, 732). Dominaron el Mediterráneo, que cerraron al tráfico bizantino.
No menos espectacular fue su marcha hacia el Este donde, a principios del siglo VIII, alcanzaba el Indo y el Turquestán, donde fueron detenidos por los ejércitos chinos. Mucho más lento fue su avance hacia Constantinopla porque los emperadores bizantinos lograron contenerlos en la Meseta de Anatolia. A partir del año 750 el imperio islámico dejó de crecer. Era, sin embargo, un imperio extraordinariamente grande, para su época. Fue importante que sus fronteras extremas alcanzaran la India y España: el Islam servirá de puente de enlace entre las culturas orientales y Europa.
La estructura socio-económica del Imperio Islámico
La creación de un gran imperio, como había ocurrido con Alejandro Magno o con Roma, potenció el desarrollo económico tradicional de las zonas ocupadas. Seminómadas y comerciantes-caravaneros, los árabes desarrollaron de modo extraordinario las rutas comerciales. Alrededor de un núcleo central que era Mesopotamia, Siria y Egipto, geográficamente una plataforma de contacto entre el Mediterráneo y el Índico, el comercio musulmán enlazó la India con España o África con Constantinopla. Una moneda fuerte, el dinar de oro, cotizada en todo el mundo, mantuvo la fuerza de este comercio. Sobre la línea de las ciudades de Alejandría, El Cairo, Damasco, Bagdad y Basora, convergían las especias, la seda, la porcelana o el papel de la India y China; los esclavos, el marfil o el oro del Sudán africano; la madera, los tejidos o el hierro de Europa.
El Islam monopolizó durante más de ocho siglos las más importantes rutas comerciales del mundo: la ruta caravanera de la seda, de las estepas del Asia Central, la marítima del Índico (Mar Rojo, Golfo Pérsico), la fluvial del Nilo y la mediterránea.

Atlas catalán, llamado de Carlos V, del cartógrafo Abraham Crésques, hacia el año 1375

El camello es el típico animal de transporte en los países áridos que domina el Islam. Interminables recuas de camellos transportaban por los desiertos del Gobi y Turquestán la seda china hasta Bagdad y Constantinopla. La ruta de la seda fue muy importante durante toda la Edad Media. Fue el camino que siguió Marco Polo en su viaje a Catay (China).


Estas mismas grandes ciudades, emporios del comercio, desarrollaron un numeroso artesanado, especializado en telas finas de seda, tapices, damasquinados (de Damasco, que mezclan hilos de algodón y seda), en objetos de orfebrería o hierro (espadas de Toledo o Damasco) y en el curtido de la piel. Los zocos de las ciudades musulmanas, con sus calles estrechas, fueron un hormiguero de comerciantes y artesanos.

El zoco o mercado de una ciudad islámica suele encontrarse en la parte vieja o medina. Lo forman calles muy estrechas, llenas siempre de tránsito, con innumerables tiendas y pequeños talleres artesanos. Tejidos, cerámica y objetos de orfebrería suelen ser la base del comercio.


La civilización islámica desarrolló también, y perfeccionó muchas veces, los sistemas de cultivo, de regadío, en amplias zonas de escasa pluviosidad (Indo, oasis del Turquestán, Éufrates, Nilo, huertas españolas...). Introdujo nuevos cultivos como el algodón, el arroz, la caña de azúcar, frutales como el albaricoque o el naranjo... Para ello extendió los sistemas de regadíos en múltiples facetas: pozos y canales subterráneos, norias, molinos...
El desarrollo de la civilización islámica se debió a un sabio equilibrio entre el campo y la ciudad, entre la agricultura, la artesanía y el comercio. El mismo equilibrio de una sociedad en que dominan los hombres libres, las tierras están bien repartidas y la actividad comercial permite enriquecerse. No es exactamente una sociedad de clases; es una sociedad de ricos y pobres, con pequeños grupos independientes, no marginados (judíos, por ejemplo).

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